Había
estado lista para esto desde que tenía doce años, va en realidad habíamos
estado listas. Juana estaba hablando por teléfono con su nuevo novio mientras
que yo estaba mirando por la ventana la cuadra en la que había crecido, sabía
perfectamente que lo extrañaría todo.
Mi madre me
había hablado de la posibilidad de estudiar en algún lugar más cerca, pero yo
sabía lo que quería y quería conocer ese pueblo, y formar mi vida.
-
¡Odette
llamando a tierra!- El grito de Juana me sacó de mi mente y me encontré con
ella parada, ya había dejado el teléfono y ahora me miraba con esos ojos marrón
chocolate.- Nose si lo sabias pero Robert dijo que bajáramos de inmediato y que
agarres lo que falta subir al auto.- A continuación ella agarró su bolso rosa
chicle y salió por la puerta cantando alguna canción que yo no logré
distinguir.
Agarré mi
mochila que se encontraba arriba de la cama y me la puse en el hombro, ya había
empezado a dirigirme a la puerta cuando al lado mío siento mi propio reflejo,
me di la vuelta para contemplarme, llevaba echa una cola de caballo y mis ojos
estaban como siempre, la única diferencia era que tenía ojeras, últimamente no
había podido dormir mucho a causa de unas raras pesadillas que no abandonaban
mi mente.
Me di la
vuelta nuevamente, mi habitación que alguna vez había sido de color blanco,
ahora era de un color parecido al beige por la falta de cuidado se puede decir;
las fotos, libros y revistas habían desaparecido igual que los muebles, lo
único que había quedado era ese espejo, un objeto que me había visto crecer
todos estos años y que había sido testigo de muchos momentos inolvidables de mi
vida. Le dediqué una sonrisa a mi habitación y a continuación de eso salí por
la puerta, rumbo hacia mi nueva vida.
Cada parte
de la casa que veía era un lugar especial para mí, sentía que la misma casa no
quería que me fuera, y lo entendía, esa casa había sido parte de mi vida, y
hasta sentía que era una persona completamente viva. Pero no podía detenerme
ahora y echar todo a la borda.
Bajé las
escaleras y me dirigí a la calle en donde se encontraban mi mamá, mi padrastro
y mi hermano Luca. Este último me miró como si fuera una rata sucia, cosa que
no comprendí. Últimamente Luca no me había dirigido ni una sola palabra, no
sabía que le pasaba, cuando intentaba hablar con él se encerraba en su cuarto o
me ignoraba por completo.
-
Odette,
hija mía- Dijo mi madre. La miré y le dedique una sonrisa y fui a sus brazos
corriendo como si fuera una niña pequeña. Nos estuvimos abrazando un buen rato
hasta que Juana hablo.
-
Señora
Di Marte, ya se que quiere demasiado a su hija, pero se nos hace tarde.
Mi madre me
soltó y se limpió las lagrimas que caían de sus mejillas y las mías también.
Acunó mi rostro en sus manos y me dijo:
-
Odette
Lizaik, creo que sabes lo difícil que es esto para mí, ya que tú fuiste mi
primer bebé, quiero que me hagas un favor, cuídate a ti misma y valórate por lo
que eres. Tu eres muy importante para mí, amor. Sabes que siempre fui muy sobre
protectora contigo y con tu hermano, y quiero que sepas que fue porque los amo
demasiado, si a ustedes les pasará algo… yo… yo…- Lágrimas empezaron a
deslizarse por su rostro, y yo muy
cuidadosamente le di un beso en la mejilla.
-
Mamá
te prometo que me cuidare y me valoraré, pero no tienes porque llorar sólo
estamos a unas cinco horas, puedes visitarme cuando tú quieras y puedes
quedarte el tiempo que quieras.- Le dije con dulzura. Robert se acercó a mi
madre y la abrazó con dulzura y amor.
-
Odette
te vamos a extrañar mucho, y voy a extrañar mucho tus ronquidos.- Me reí y
luego nos abrazamos.
Genial el
último que faltaba era mi hermano, esto iba a ser difícil. Me acerqué a él y
alcé la mirada para poder ver su rostro. Él me estaba evitando por completo, y
me dolía saberlo, iba a mudarme ¿y ni siquiera me podía despedir de mi hermano?
-
Luca
por favor, mírame- Le supliqué. Pero el seguía evitándome, y eso me partió el
corazón. Siempre nuestra relación había sido como la de cualquiera, en
ocasiones éramos amigos y en otras enemigos, en otras nos peleábamos y en otras
nos reíamos. Pero nunca pensé que me ignoraría como sino le importara.
-
Luca
hijo, despídete de tu hermana- Dijo mi madre. Pero él seguía sin mirarme,
comencé a sentir las lágrimas cayendo por mi rostro, pero las ignoré por
completo, no dejaba de mirarlo a él. De la nada, él se fue corriendo
abruptamente y desapareció cuando doblo en una esquina.
-
¿Odette,
estas bien?- Me preguntó Juana.
-
Sí,
será mejor que nos vallamos ahora, no quiero llegar tarde.
Mensaje enviado figuraba en la pantalla de mi
celular, a continuación de eso lo apagué. Quería despejar mi mente por
completo, una buena idea para mí fue comer de más, pero luego me arrepentí ya
que el dolor de panza que tuve fue terrible. Juana me dio una pastilla para
calmar el dolor y me alivió un poco.
Me sentía
feliz y preocupada por empezar a vivir sola, bueno en realidad Juana viviría
conmigo, pero ella no era una persona muy amante de estar en casa como yo.
-
Lo
bueno de vivir solas es que vamos a conocer chicos.- Dijo Juana mientras buscaba
una estación de radio.
Mi idea
exactamente no era conocer chicos, sino ser independiente y viajar por el
mundo, así podría tener recuerdos de todos lados en los que estuviese.
-
Aja-
Le respondí. La verdad es que no estaba muy prendida a la conversación, estaba
leyendo un libro que ya había leído como cien mil veces pero que me enamoraba
con cada palabra que había en él.
-
Aja,
oye estaría bueno que usarás otras palabras para disimular que me escuchas,
nose por ejemplo: que bueno, eso es fantástico, las mulas también son bonitas.
-
¿Las
mulas también son bonitas?- Pregunté.
-
Bueno
sí, era para bajarte del cielo, así me escuchabas.- Me dijo sonriéndome.
-
Ah,
bueno yo prefiero los caballos antes que las mulas.
-
Bueno
yo las mulas, me encantan los ruiditos que hacen y sus orejitas peludas.- Ok
esta conversación no tenía sentido.
-
¿Y
cómo va todo con Tomás?- Tomás era un chico que había conocido Juana en una
discoteca, y con el cual dos minutos después de conocerlo se había enrollado
con él.
-
Ah
bien, creo. No sé el esta ocupado supuestamente como para llamarme, dijo que
nos visitaría esta semana. Aunque dudo que lo haga.
Tenía que
admitirlo Juana no era precisamente fea, era muy bonita, siempre los chicos la
miraban a ella e ignoraban mi presencia, algo a lo que me acostumbre. Yo era
todo lo contrario a ella, mientras que ella era alta, yo era enana; ella tenía
el pelo rubio, yo lo tenía castaño oscuro; su piel era extremadamente pálida, y
la mía tenía pecas. Lo único de lo que me salvaba eran mis ojos, los tenía de
un color verde claro, eso fue siempre lo que me gustó de mi. Me sentía
orgullosa de haber heredado el color de los ojos de mamá.
-
¿Y
a ti que te pasó con Bruno?- Me preguntó.
-
¿Qué
Bruno?- Me dirigió una mirada que significaba no te hagas la tonta.
-
No
sé, la última vez que lo ví fue hace un año y medio, parecía estar ocupado
estudiando en la universidad.- Él había sido un chico muy tierno y compasivo
conmigo, la pasamos bien como amigos. Pero la última vez que lo ví había sido
bastante bruto, todo lo que había sido antes parecía que había desaparecido. –
Oye ¿tienes idea de cuánto falta para llegar?
-
Una
hora y llegamos a nuestro destino amiga.
-
Al
fin.- Respondí como cantando el Aleluya.
A continuación de eso nos reímos las
dos.
Me di la
vuelta para ver lo que se veía por la ventana, a lo lejos se veían cierras que
por encima estaban cubiertas de nubes esponjadas blancas, el pasto era verde
aunque en algunos lugares había detalles de amarillo, repentinamente me dieron
ganas de pintar ese paisaje tan delicado y hermoso. Me lo quedé mirando por un tiempo hasta que
me quedé dormida.
Abrí mis ojos muy lentamente por temor a lo que pudiera ver a
través de ellos. Pero no tenía a que temer, estaba en un hermoso prado lleno de
margaritas; alrededor de él había muchos pinos. Era un sueño y todo era
perfecto. Yo estaba recostada en el medio del prado oliendo las hermosas
margaritas que me rodeaban.
-
¿Qué haces aquí?- Me preguntó una
voz masculina. Me di la vuelta para contemplar al hombre que me estaba interrogando,
y me sentí repentinamente débil por tanta belleza, parecía un ángel de los que
se narraban en los libros, un ángel poderoso, valiente y sexy.- ¿Vas a
responderme o qué?
-
Looo sienntoo- Estaba tartamudeando
algo que se me hacía un poco extraño de mí.
-
Te hice una pregunta, ¿qué haces
aquí?- Pronunció cada palabra de la pregunta lentamente.
-
No loo see- Respondí.
-
¿No lo sabes?- Dijo mientras se
acercaba lentamente a mí, lo suficiente como para poder tocarnos. Él fue
acercando sus labios a los míos…
-
¡¡ODETTE
DESPIERTA!!- El grito de Juana me sacó de mi hermoso sueño, algo que me hizo
enojar bastante.
-
¿QUE
DEMONIOS TE PASA?-Le grité echa una
furia.
-
Nada,
es sólo que mientras tu estabas babeando el asiento yo estaba intentando
llamarte para decirte que ya llegamos- Dijo.
-
Yo
no veo nada.
-
Es
porque ahora vamos a merendar, nos faltan cinco kilómetros, casi nada.
Nos bajamos
del auto y sacamos el bolso en donde estaba la comida, nos sentamos en un
tronco que había al lado de la ruta y empezamos a comer.
-
¿Tenías
un lindo sueño amiga?- Me preguntó Juana.
-
Se
puede decir que sí.- Le contesté intentando acordarme del muchacho de mi sueño.
-
¿De
qué trataba?
-
Ya
sabes, de nada interesante.- Le dije mientras me paraba y empezaba a guardar lo
que sobraba de la comida.
-
Oye
tu mamá dijo que nos había conseguido empleo ¿te acuerdas en dónde era?- Me
preguntó.
-
Era
un restaurante, se llamaba Edgar el
lugar.- Le respondí.
-
Odio
los lugares a los que les ponen nombres de personas.
-
Yo
también.-Aunque realmente no los odiaba, simplemente le contesté eso porque mi
mente estaba en otro mundo, con ese chico que ahora no podía recordar como era.
Nos subimos al auto y Juana empezó a conducir.
A los
costados de la ruta habían inmensos pinos uno al lado del otro, entre ellos
hacían una oscuridad interminable que asustaba.
De repente Juana
toca la bocina del auto y grita una palabrota por el vidrio. Adelante nuestro
había un auto importado y muy lujoso que conducía seguramente a 180 kilómetros .
-
Wow
debe estar apurado.- Le dije. Pero Juana no me respondió, estaba bastante
seria.
Al lado de
la ruta se veía un cartel hecho de madera con el nombre del pueblo: Michael Sthepen Rawser; el nombre era de
un probable fundador suponía yo.
Empezamos a
entrar al pueblo y admiré cada cosa que había. En la entrada estaba una
estación vieja de ferrocarriles que todavía se seguía usando; más adelante
había pequeñas casas y departamentos que decoraban las veredas; luego vimos la
plaza, llena de árboles y con algunos niños jugando.
-
Avísame
si ves el nombre de la calle Brown a la altura…
-
150
ya sé.- Miré atentamente los números que estaban en las puertas de las casas
hasta que lo encontré.- Ahí- Le indique señalando con mi índice de la mano
izquierda.
Detuvimos
el auto y miramos la pequeña casa o más bien departamento que había en la
vereda. Abajo había una puerta de madera con el número 150 tallado, y arriba
había dos ventanas con el marco de madera también. La casa estaba pintada de
blanco y en la vereda había un árbol de ciruelas que le daba a la casa un aspecto
muy bonito. Juana y yo nos miramos y en un segundo ya estábamos abriendo la
puerta de la casa de la emoción que teníamos.
Giramos la
llave lentamente y entramos a nuestra casa.
A la nueva casa que seguramente nos iba a acompañar un buen tiempo en nuestras
vidas.

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